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::Opinión – Manual herculano para ganar en el minuto 98

Un gol imposible, un empate en propia puerta y un central donde nadie lo esperaba.

El fútbol a veces es inexplicable. Otras directamente decide volverse loco. Y si hay un lugar especialmente propicio para ese tipo de fenómenos es el Rico Pérez, un estadio donde se acumulan recuerdos, ascensos, descensos y dramas de sobra como para llenar varias temporadas completas. Entre sus gradas conviven la leyenda, viejos fantasmas y quizá también algún que otro poltergeist futbolístico.

No me extrañaría que cualquier noche apareciera Iker Jiménez dispuesto a investigarlo, con música inquietante de Cuarto Milenio de fondo, porque hay partidos, como el del sábado, que desafían cualquier explicación razonable.

Con el uno a cero en el marcador y el derbi pidiendo la sentencia, llegó esa jugada que resumió perfectamente la temporada del Hércules. Jeremy de León cabecea, el portero responde con una gran parada, Jeremy insiste en el rechace, aparece un defensa, medio estadio reclama penalti… y cuando el balón queda muerto delante de una portería completamente vacía sucede algo todavía más difícil que marcar. Guti remata con tanta precisión que golpea al propio Jeremy, que termina sacando el balón prácticamente sobre la misma línea.

Ni el Eldense habría defendido mejor.

Durante unos segundos el Rico Pérez quedó suspendido entre la incredulidad y la risa nerviosa. No es que nos falte gol, que también. Es que nos tomamos tan en serio lo de defender que a veces lo hacemos hasta en el área rival. Diez mil personas pensando exactamente lo mismo: si este balón no entra, ya sabemos cómo acaba esto. Y pasó lo que tenía que pasar.

Minuto 97. Saque de esquina por parte del Eldense. Nadie acierta a despejar o a rematar y Mangada, recién incorporado, introduce el balón de forma extraña en su propia portería. Con la escasez de gol que arrastra el equipo, a veces terminamos marcando incluso en la nuestra. El fútbol tiene esas bromas crueles.

El Hércules llevaba demasiados minutos jugando contra algo más que el Eldense. Contra el bajón físico. El desgaste de una primera parte muy exigente empezó a pasar factura y el equipo lo notó. Y cuando al cansancio se le suma el empuje del rival, la fragilidad aparece y eso es algo que este Hércules tendrá que corregir si quiere competir con garantías en un hipotético play off.

El rival crecía, el equipo retrocedía y el estadio contenía la respiración. El aficionado ya había visto esa película demasiadas veces. Pero un empate así parecía un castigo excesivo.

De la gesta del primer tiempo se había pasado a la odisea del segundo, y todo apuntaba a un final conocido. A tragedia.

Pero al fútbol, y al Hércules, todavía les quedaba una última gracia: pasar de la tragedia del empate a la tragicomedia de la remontada en apenas sesenta segundos. Porque inmediatamente después de encajar el empate, cuando muchos aficionados aún seguían lamentándose, Jeremy arrancó una contra casi por orgullo. El balón terminó suelto dentro del área rival y allí apareció Sotillos.

¿Cómo? Sí, Sotillos. Un central. En el minuto 98. En el área contraria.

Quizá Iker Jiménez tenga alguna explicación para eso. Porque allí estaba, casi como una aparición, justo donde nadie esperaba encontrarlo.

Jeremy chuta, el portero despeja, le cae a Sotillos, disparo y gol. Y el Rico Pérez explotó con esa mezcla única de alivio, incredulidad y felicidad.

Alicante gritó. Los jugadores perdieron la cabeza. En la grada nadie sabía a quién abrazaba y en muchas casas el salto fue exactamente el mismo que en el estadio. No era una final de Champions. Ni un ascenso. Ni siquiera algo decisivo todavía. Era otra cosa. Porque el Hércules tiene esa extraña habilidad de hacer sufrir incluso cuando gana… y precisamente por eso, cuando lo consigue, se celebra como si fuera irrepetible.

Al Hércules quizá todavía le falten muchas victorias para subir. Pero el sábado recordó algo que en esta ciudad nunca se pierde del todo: la maravillosa costumbre de creer cuando ya nadie cree.

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