Ciclismo

::Ciclismo – La épica despierta en San Gimignano con un Van der Poel imperial y el zarpazo del nuevo líder Isaac del Toro

 

Amanecía en Camaiore con esa bruma traicionera que anticipa las grandes batallas. Teníamos por delante 206 kilómetros engañosos hasta San Gimignano. La fuga del día con nuestro aguerrido Diego Pablo Sevilla dejándose el alma junto a Tarozzi y Bou fue el clásico brindis al sol del ciclismo romántico. Sabían de sobra que estaban condenados pero en este deporte bendito hay que honrar la carrera. Por detrás el pelotón rodaba tremendamente tenso.

Fijaos bien que se palpaba el miedo en el ambiente. Filippo Ganna lucía radiante el maillot azzurro tras su exhibición sideral al cronómetro pero en el fondo todos sabían que la verdadera carnicería aguardaba en los muros de la Toscana.
Y vaya si llegó la carnicería.

Cuando las finas ruedas mordieron los más de cinco kilómetros de sterrato el infierno se desató sin compasión. El ciclismo despierta el sentimiento que uno lleva dentro pero también es sumamente cruel. En un abrir y cerrar de ojos la ilusión de muchos se hizo añicos contra el suelo resbaladizo. Matteo Jorgenson se fue al suelo en la mismísima entrada al tramo de tierra y qué me decís del pobre Thymen Arensman despidiéndose de sus opciones tras una dura caída metros más adelante.

Es un mazazo de realidad que te recuerda que la carretera no tiene piedad alguna. Era un sálvese quien pueda con rampas desalmadas del quince por ciento en la terrible Porta San Matteo.

En medio de esa anarquía absoluta emergió la figura indiscutible de Mathieu van der Poel. Qué barbaridad. Sin mirar atrás soltó un latigazo descomunal que hizo crujir hasta las piedras del camino. Pero ojo a lo que pasó porque esto es lo que hace inmensamente grande a nuestro deporte. A su rueda se soldaron con un par de narices Giulio Pellizzari y el niño prodigio mexicano Isaac Del Toro. El corredor del UAE derrapó rozando la tragedia hacia la cuneta y el mismísimo Van der Poel tuvo que desencalar un pie del pedal para no matarse. Tres titanes manchados de polvo blanco boqueando desesperados por un gramo de oxígeno.

El último kilómetro fue una auténtica agonía para los sentidos. Aquello parecía una pista de patinaje sobre hielo donde las bicicletas resbalaban sobre el empedrado de San Gimignano. Pellizzari tirando de puro corazón lanzó una volata suicida a ciento cincuenta metros de la meta. Pero Van der Poel con esa frialdad de cirujano que asusta lo remató sin piedad en el último suspiro.

Sin embargo la verdadera campanada la dio Del Toro. El chaval pescó a río revuelto firmó un segundo puesto que le sabe a gloria bendita y señores se acaba de enfundar el maillot azul de líder de la general.
Venía de ceder treinta y seis segundos en la crono pero hoy ha demostrado una técnica prodigiosa para llevar la bicicleta en las peores condiciones posibles.

A mí personalmente la épica me llega hasta la médula con exhibiciones como esta. Un golazo sabes que es un instante fugaz pero ver a estos héroes retorcerse sobre la máquina te reconcilia con la vida. Del Toro está divinamente ahí plantando cara a los gigantes con una madurez impropia de su edad. El chaval tiene descaro tiene piernas y sobre todo tiene una cabeza privilegiada para saber sufrir cuando las fuerzas abandonan a los demás.

Ya lo he dicho muchas veces. No soy tan alegre como otros que opinan por boca de ganso y critican desde el sofá diciendo que los ciclistas corren a la defensiva o esperando regalos. Necesito recordar a la gente que esto no es un videojuego y que el ciclista que no ataca no es porque no quiere sino porque no puede.

Hoy Isaac Del Toro ha callado muchas bocas. No hagamos tanto caso de las redes sociales ni tengamos miedo a que nos fusilen por decir la verdad.

Esto es ciclismo en su estado más puro y descarnado sin asfixiantes autocensuras.
Ha sido un placer narrarles esta batalla.

Si han disfrutado tanto como yo les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.

La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

 

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