
Qué barbaridad señores, qué auténtica barbaridad de etapa hemos vivido hoy en las carreteras italianas. La quinta jornada de esta Tirreno Adriático ha sido un verdadero infierno de casi cuatro mil metros de desnivel acumulado entre Marotta y Mombaroccio. Un trazado rompepiernas donde el asfalto se agarra y no suelta a los valientes, dignificando este bendito deporte. Y ahí, en medio de la pura agonía, ha resucitado Michael Valgren. El danés llevaba sin saborear la gloria desde aquel lejano año dos mil veintiuno, pero hoy se ha liado la manta a la cabeza y ha soltado un latigazo tremendo a falta de poco más de cinco kilómetros para el final. Dejó clavado a un Alaphilippe sin gasolina y se marchó en solitario hacia la redención absoluta. Una victoria de las que encogen el corazón y te levantan del asiento con la piel de gallina.
Pero la verdadera locura, el auténtico manicomio, se desató un poquito más atrás en el grupo de los favoritos. Tomen asiento porque lo de Isaac del Toro es para frotarse los ojos y no creérselo. El mexicano venía con la sangre en el ojo tras perder el maillot azul ayer por dos miserables segundos ante Giulio Pellizzari. Cualquiera se habría venido abajo, pero este chaval tiene el temple de los elegidos. Cuando la carretera se empinaba de verdad en las faldas del Santuario Beato Sante y a los gallos del pelotón les temblaban las piernas, el chaval dio un paso al frente. Pegó un hachazo bestial a poco menos de tres kilómetros para la cima que hizo saltar por los aires todo el grupo. Ni Carapaz ni Ciccone ni siquiera un guerrero de la talla de Roglič pudieron seguir esa cadencia endiablada.
Hay que tener un desparpajo tremendo para echarse a la espalda la responsabilidad de todo un equipo a sus apenas veintiún años. Solo el estadounidense Matteo Jorgenson logró soldarse a su rueda en un primer momento. Pero el muchacho de Baja California es de otro planeta y terminó asfixiando también al corredor del Visma en las rampas más duras. Entró segundo en la meta a tan solo once segundos del vencedor y le dio la vuelta a la tortilla de una manera magistral. Recupera la ansiada prenda azul metiéndole un buen puñado de segundos a Pellizzari y dejando a Roglič a medio minuto en la clasificación general. El niño prodigio ha vuelto a dar un golpe en la mesa que retumba en todo el pelotón internacional.
Si echamos un ojo a lo que hierve en las redes sociales y en los foros especializados, la afición está absolutamente rendida a los pies del Torito. Y no es para menos, porque además de unas piernas descomunales, hay que tener una cabeza prodigiosa para salvar el tipo como lo ha hecho hoy en la bajada. El propio Isaac contaba exhausto al llegar a la meta el susto tremendo que se llevó en el descenso. Jorgenson tuvo un percance y el mexicano, tirando de unos reflejos puramente felinos, se vio obligado a tomar la trazada más larga y lenta posible para no acabar estampado en la cuneta. Sobrevivió al caos al filo de la navaja, demostrando que no solo sabe subir como los ángeles, sino que tiene la sangre fría para esquivar la tragedia cuando el asfalto se vuelve una trampa mortal.
La cruz de la moneda, esa que siempre nos encoge un poco el alma en cada retransmisión, la protagonizó el colombiano Fernando Gaviria. El antioqueño tuvo que bajarse de la bicicleta con fuertes dolores en la rodilla apenas superado el kilómetro treinta de la jornada. Es la dureza extrema de un deporte que fascina pero que jamás hace prisioneros.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.
La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




