
En el fútbol, resistir sirve para seguir vivo. Pero avanzar exige algo más. Este Hércules CF ha aprendido a competir en escenarios incómodos, a sobrevivir en partidos largos y a salir con vida cuando el margen es mínimo. Eso tiene mérito, pero no siempre es suficiente.
Salió el Hércules de amarillo y a uno le vino a la cabeza aquella famosa canción: tengo un tractor amarillo. El problema no es el color ni la suerte. El problema es que el tractor corre lo justo… poco. Aguanta, resiste, no se para. Pero cuando el camino se abre, no acelera. Y a este equipo le está pasando algo parecido.
Porque meterse en ‘play-off’, y mucho más ascender, no es un paseo por el carril derecho, es como ir por una autopista. Y en la autopista, si vas siempre a una velocidad discreta, te adelantan. No por falta de ganas, sino porque otros pisan cuando hay que pisar. Y en esta competición, aquí no vale con llegar vivo. Aquí se trata de llegar de los primeros a la fiesta.
En Can Dragó volvió a ocurrir. Sobrevivió. Otra vez. Rescató un punto en el descuento. Otra vez desde el punto de penalti. Otra vez. Y aunque el empate sabe a gloria por cómo fue el partido, también deja una sensación incómoda que empieza a repetirse demasiado.
A este Hércules todavía le falta recorrido. Le falta morder cuando el partido está para morderlo. Le sobra empatar cuando ganar es una posibilidad real. Le falta ganar, y le falta, sobre todo, convertir la supervivencia en ambición.
Porque competir no es lo mismo que mandar. Este equipo compite casi siempre. No se cae, no se descompone, no se rinde. Pero tampoco termina de imponer su ley. Vive demasiado tiempo en ese territorio peligroso que depende del milagro del último minuto, del a ver si nos cae algo al final. Y cuando los partidos llegan vivos al final, aparecen factores externos: el VAR, los penaltis, la incertidumbre, en definitiva, vivir en el alambre…
El Hércules ha convertido el empate en un refugio. Un lugar seguro. Un resultado que no duele… pero que tampoco empuja ni entusiasma. Y así se van acumulando minutos, jornadas y puntos que parecen suficientes hasta que miras la clasificación con un poco de perspectiva y te haces la pregunta incómoda: ¿cuántas victorias se han quedado por el camino por no dar un paso más a tiempo?
Empatar te mantiene vivo. Ganar te cambia la vida. Porque la tabla se afianza, los objetivos se acercan y las temporadas se recuerdan cuando sumas de tres en tres. Y porque, en fútbol, nadie levanta un trofeo empatando.




