¡Qué tarde, señoras y señores! ¡Qué tarde de furia y de gloria hemos vivido en la Ribera Alta!
Porque el ciclismo, ese deporte que amamos con la locura de los conversos, tiene estas cosas. Es capaz de regalarnos la mayor de las exhibiciones en el escenario más inverosímil, de convertir una carretera entre naranjos en un túnel de viento digno de la NASA, y de transformar una batalla por el tiempo en una pura cuestión de supervivencia. Hoy, en la segunda etapa de la Volta a la Comunitat Valenciana, entre Carlet y Alginet, no hemos visto solo una carrera; hemos visto un pulso.
Un pulso titánico entre la ambición humana, encarnada en ese prodigio belga que atiende por Remco Evenepoel, y la fuerza bruta de la naturaleza, representada por un viento racheado, violento, caprichoso, que ha querido ser protagonista único de la jornada.
Y vaya si lo ha sido. Tanto que ha obligado a los jueces, libreta en mano y con la prudencia por bandera, a tomar una de esas decisiones que hacen rechinar los dientes a los puristas pero que aplauden los que temen por la integridad del ciclista la neutralización. Sí, amigos, han leído bien. Los tiempos de hoy, esa lucha agónica contra el cronómetro, no valen para la Clasificación General. El reloj se detuvo para la historia de la Volta, pero no para la gloria de la etapa. Y ahí, en ese limbo competitivo, es donde los grandes demuestran de qué pasta están hechos.
Porque donde otros habrían visto la excusa perfecta para levantar el pie, para dejarse llevar por la inercia y guardar fuerzas para las encerronas de Orihuela o La Nucía, Remco Evenepoel vio sangre. Vio la oportunidad de lucir ese maillot arcoíris que le acredita como el mejor contrarrelojista del planeta y decidió honrarlo. ¡Y de qué manera!
Imagínense la escena en Carlet. Las banderas tensas como cuerdas de violín, las palmeras doblándose como si quisieran besar el asfalto y un murmullo nervioso recorriendo el pelotón. Los directores deportivos, con los transistores echando humo, miraban al cielo y a las copas de los árboles. «Es una locura», decían algunos. «Es ciclismo», respondían otros. Pero la seguridad manda, y la organización, en un ejercicio de equilibrismo, decidió cortar por lo sano: se corre, hay etapa, hay podio, pero la General se congela.

Biniam Girmay, ese eritreo de sonrisa eterna y piernas de acero que ayer nos maravilló en Torreblanca, dormiría hoy con el amarillo pasara lo que pasara, siempre que cruzara la meta sin besar el suelo.
Para el líder del NSN Cycling Team, fue el alivio del año. Saberse líder sin tener que sufrir la agonía del especialista, ver los toros desde la barrera de su propia bicicleta. Girmay salió el último, con la calma del que tiene los deberes hechos por decreto, y se limitó a no cometer errores. Pero para los «gallos», para los que vinieron a Valencia a morder, la noticia fue un jarro de agua fría.
¿De qué sirve vaciarse durante diecisiete kilómetros si no vas a rascarle ni un segundo al rival en la tabla que importa?

Ah, pero entonces aparece él. Remco. El pequeño belga del Red Bull-Bora-Hansgrohe. Un corredor de otra época, con el hambre de Merckx y la aerodinámica de un caza de combate. Le dijeron que los tiempos no contaban, y debió pensar: «Me da igual, yo he venido a ganar». Y salió de la rampa de Carlet como si le debieran dinero.
¡Qué postura, amigos! ¡Qué inmovilidad sobre la máquina! Parecía una estatua esculpida en fibra de carbono rodando a 51 kilómetros por hora.
Mientras otros peleaban con el manillar, dando bandazos, luchando por mantener la bici en la línea negra bajo el azote de Eolo, Evenepoel trazaba líneas rectas, perfectas, quirúrgicas. En el paso intermedio de Els Lacs ya sabíamos que no había emoción por la victoria, solo la duda de por cuánto ganaría.
Paró el crono en 20 minutos y 12 segundos. Un tiempo estratosférico dadas las condiciones. Veinte minutos de sufrimiento puro, de ácido láctico inundando cada fibra muscular, solo por el placer de levantar los brazos, de decir «aquí estoy yo». Es esa actitud, esa voracidad insaciable, la que separa a los buenos corredores de las leyendas. Remco no corre, Remco aplasta. Y hoy, en Alginet, ha dejado una tarjeta de visita que ha hecho temblar a todo el pelotón, aunque la clasificación general no se haya movido ni un milímetro.
Pero no corrió solo el campeón del mundo. A su estela, sufriendo lo indecible, apareció un Aleksandr Vlasov imperial. El ruso, compañero de filas del caníbal, demostró que el Red Bull-Bora-Hansgrohe ha venido a esta Volta a tiranizar. Se quedó a solo 8 segundos de su jefe de filas. ¡Ocho segundos! Un suspiro en medio del vendaval. Vlasov es ese corredor sólido, rocoso, que nunca falla. Si la etapa hubiera contado, hoy tendríamos un doblete en la general que habría sentenciado media carrera.

Y la sorpresa, ¡ay la sorpresa! Un chaval, un insulto a la veteranía, el checo Mathias Vacek del Lidl-Trek. Se coló en la fiesta de los grandes con un descaro maravilloso, cediendo solo 16 segundos ante la bestia belga. Quédense con este nombre, apúntenlo en la libreta, porque Vacek tiene motor de Ferrari en chasis de utilitario. Verle rodar, acoplado, desafiando a las rachas de viento lateral con esa insolencia de la juventud, ha sido uno de los regalos de la jornada. Completó el podio de una etapa que, insisto, no tendrá reflejo en la general, pero que vale su peso en oro en prestigio.
Por detrás, el desfile de la calidad. Ben Turner, el granadero del Ineos, cuarto a 21 segundos, demostrando que la escuela británica de la pista sigue fabricando rodadores como churros. Y Florian Vermeersch, el belga del UAE, cerrando el top 5 a medio minuto. Nombres de pedígrí, de clasicómanos que se mueven en el caos como peces en el agua.

¿Y los nuestros? ¿Qué hay de la armada española? Pues hay esperanza, señoras y señores. Hay brotes verdes que ya son ramas fuertes. Iván Romeo, el vallisoletano del Movistar, se ha marcado una crono de auténtico especialista. Décimo. Décimo en una crono de nivel World Tour, a 52 segundos de Evenepoel. ¡Bravo, Iván!
Mantener el tipo así, con ese cuerpo grande que hace de vela cuando sopla de costado, demuestra una madurez impropia de su edad. Y cerquita, muy cerquita, la sensación de la temporada pasada, Pablo Castrillo. El de Jaca acabó decimotercero, a 57 segundos. Ver a dos españoles metidos en la pomada en una especialidad que históricamente nos ha sido esquiva es para sacar pecho. El futuro no es que venga, es que ya está aquí.
Así que, tras el fragor de la batalla, las aguas o mejor dicho, los vientos volvieron a su cauce. Biniam Girmay subió al podio a por su maillot amarillo, intacto, inmaculado, gracias a esa decisión de los jueces. La clasificación general sigue tal cual amaneció Girmay líder, y todo el pelotón comprimido en un pañuelo, esperando que la carretera se empine de verdad.
Porque esto no ha hecho más que empezar. La neutralización de hoy ha sido un anticlímax para la matemática, pero un acelerante para la táctica.
Mañana, camino de San Vicente del Raspeig, y sobre todo el sábado en la encerrona de La Nucía, los que hoy se han quedado con la miel en los labios van a tener que inventar. Evenepoel no se va a conformar con esta victoria de etapa; quiere la Volta. Vlasov está afilado. Y Girmay, aunque hoy se haya librado, sabe que ahora le toca defenderse en terreno hostil.
Nos vamos de Alginet con el peinado deshecho por el viento, pero con la sonrisa puesta. Hemos visto volar a un arcoíris. Hemos visto que el ciclismo, incluso cuando se pone el traje de la burocracia con las neutralizaciones, es capaz de emocionar.
Porque la emoción no está en los segundos de una tabla de Excel, está en la pedalada agónica, en la curva trazada al límite, en el gesto de rabia al cruzar la meta. Y de eso, amigos, hoy hemos tenido raciones industriales.
El viento quiso ser el protagonista, pero Remco Evenepoel le dijo: «Apártate, que paso yo». Y pasó. Vaya si pasó. Como un ciclón dentro del huracán.




