
¡Qué barbaridad, señores! Lo que hemos vivido hoy en los intrincados caminos de tierra de la Clásica Jaén Paraíso Interior no es solo ciclismo; es pura poesía épica tallada a golpe de pedal. Cincuenta y cuatro kilómetros. Solo. Contra el viento frío, el barro racheado y sus propios fantasmas. Tim Wellens, ese clasicómano belga de pura cepa que llevaba un lustro rozando la gloria con la punta de los dedos entre el mar de olivos, al fin ha logrado morder su ansiada Aceituna de Oro.
Pone los pelos de punta recordar cómo acarició la tragedia en la mismísima entrada del tramo de San Bartolomé; un derrape violentísimo que paró el corazón de media España frente al televisor, pero que el belga salvó con el instinto y el equilibrio de los superdotados.
Fue un momento de pura supervivencia, humano, agónico, de esos que te levantan irremediablemente del sillón.
Porque la carrera, amigos míos, se rompió donde duele, a más de sesenta kilómetros de la conclusión. El cielo amenazaba con desplomarse y el frío calaba hasta los huesos en un inicio de locos, descontrolado por completo. Fue allí, al asomarse a los temibles caminos de tierra, cuando Wellens dijo “hasta aquí hemos llegado”. Arrancó con una fuerza descomunal, llevándose a rueda al pobre Mark Donovan, que hizo lo que pudo para frenarlo en favor de su líder Pidcock, pero terminó cediendo ante el martillo pilón del belga.
Una cabalgada antológica, vaciándose en cada repecho, pedaleando con la rabia del que sabe que hoy, por fin, es su día.
Por detrás, el zafarrancho de combate fue monumental. Thomas Pidcock, el niño maravilla, pareció despertar del letargo demasiado tarde. Se le vio espeso al principio, sin esa chispa divina que le caracteriza, y cuando quiso reaccionar, Wellens ya era un punto inalcanzable en el horizonte de olivos.
Pidcock tensó la cuerda, se llevó consigo al jovencísimo Jan Christen y al combativo Maxim Van Gils, formando un trío perseguidor que nos regaló una persecución de infarto.
Y entonces llegó el drama, la tensión pura y dura en los metros finales que nos encogió el estómago a todos. Se disputaban las sobras del banquete, el honor del podio. Pidcock aceleró para asegurar la plata, pero a su espalda se desató la tormenta. Jan Christen, en una maniobra temeraria y completamente inaceptable, cerró de forma descarada a Van Gils contra las temibles vallas. El impacto fue durísimo, mandando al belga al asfalto de la manera más cruel.
Ojo a este dato, porque los jueces no han tenido piedad y han aplicado el reglamento con mano de hierro descalificación fulminante para el corredor del UAE.
Un castigo más que merecido que reescribe la historia de la carrera y eleva a Benoit Cosnefroy al tercer cajón del podio.
Ha sido, en definitiva, un día para enmarcar, de los que forjan la leyenda de este deporte, dejándonos además el inmenso orgullo de ver a nuestro Iván Romeo acariciando el podio con un soberbio cuarto puesto final, peleando de tú a tú con los grandes capos mundiales.
Clasificación de la etapa del día:
1. Tim Wellens (UAE Emirates-XRG) – 3:29:31
2. Thomas Pidcock (Pinarello-Q36.5) a 0:48
3. Benoit Cosnefroy (UAE Emirates-XRG) a 1:04
4. Iván Romeo (Movistar) a 1:07
5. Gianni Vermeersch (Red Bull-Bora) a 1:07
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página .
La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




