
Entrevista exclusiva Globalon
Sexta entrega de la serie “De la Pértiga al Cielo”
Hay saltadoras que crecen siguiendo un camino trazado por otros y otras que llegan por casualidad, empujadas por intuiciones que no saben explicar. Julia Requena, 15 años, pertenece a ese segundo grupo: a las que se tropiezan con su destino sin buscarlo, pero que, cuando lo encuentran, lo abrazan como si siempre hubiera estado escrito.
Un año después de tocar una pértiga por primera vez, se ha situado entre las diez mejores de España Sub‑16, un ascenso tan brusco que ni ella misma termina de entenderlo del todo. Lo cuenta con la serenidad de quien no presume: lo hace porque necesita darle sentido a un viaje que empezó sin mapa y que ya tiene la forma de un sueño serio.
Un deporte que la eligió antes de que ella supiera escoger
En su infancia, Julia probó disciplinas que parecían dibujarla hacia el aire sin avisar: danza acrobática, ejercicios verticales, fuerza de brazos, elasticidad… todo aquello que coloca a una niña cabeza abajo y la acostumbra a mirar el mundo desde arriba. Sin saberlo, estaba preparando el cuerpo para la pértiga antes incluso de conocerla.
“Yo solo quería encontrar algo que se me diera bien”, dice.
La casualidad apareció en forma de frase improvisada. Un consejo inocente… y un flechazo deportivo. “Un día mi entrenador de fondo no pudo venir y mi madre me dijo: ‘¿Y si pruebas pértiga?’. Sin más. Ella no sabía nada de pértiga, cero, pero a mí me pareció buena idea. Y menos mal que lo probé”.
Su madre… las madres, qué importantes en nuestras vidas. Una frase casual. Una propuesta sin ciencia detrás pero la clave final.
Julia se ríe cuando intenta explicar por qué la pértiga engancha tanto:
“Es que es divertidísimo. Coger carrerilla, clavar, sentir el empuje, pasar por encima del listón… No se parece a nada. Y además usas todo el cuerpo: brazos, hombros, espalda, abdominales. Es súper completo”.
Un salto al vacío… literal.
La primera vez no fue épica: miedo, dudas, el cuerpo sin entender del todo qué estaba pasando. Pero sí hubo algo: una chispa, un temblor interno, la intuición de que aquella prueba rara, compleja, casi indescifrable, podía ser su sitio.
El primer salto fue una mezcla de miedo y fascinación:
“Me ayudó Gregory, porque hacerlo sola daba vértigo. Pero cuando notas cómo la pértiga te impulsa… es una sensación única. Yo venía de subirme a pañuelos de danza aérea, así que lo de estar arriba no me daba miedo. Y cuando me vi pasando por encima del listón pensé: vale, esto sí”.
De cero a 2,50 en un mes: la señal que nadie podía ignorar
Julia había empezado de cero. Sin técnica previa, sin referencias, sin saber qué era una marca buena o mala.
A las cuatro semanas compite por primera vez.
2,50 metros.
Ella pensó que era normal.
Las que llevaban dos años saltando… no.
Ese día descubrió un espejo nuevo: el de la identidad que aparece de golpe.
“Ahí pensé que quizá valía para esto”.
Pero esa revelación no llegó con arrogancia, sino con una sorpresa casi infantil: como quien encuentra una puerta que no sabía que existía y que, al abrirla, descubre luz.
Lo difícil como refugio
La pértiga es un deporte que rompe a muchos: exige velocidad, fuerza, precisión técnica, coordinación extrema, valentía y un equilibrio casi quirúrgico entre riesgo y control.
A Julia eso no la asusta. “Yo no le tengo miedo a nada. Y eso ayuda muchísimo. Para saltar pértiga tienes que confiar en ti antes incluso que en la pértiga”.
La atrae.
“Siempre me han gustado las cosas difíciles”, admite.
Quizá porque ya venía entrenada para el aire: la danza acrobática enseña a confiar, a mantener tensión corporal, a no perder la calma cuando el cuerpo se suspende sin apoyo.
Todo eso, hoy, vive en su salto.
Donde otros se frenan, ella acelera
En un año, Julia ha aprendido lo que a muchas les lleva una vida deportiva entera. Ha entendido la carrera, la llegada, la presentación, la batida, el invertido, la extensión, la caída… y también sus propios límites.
Se observa con precisión quirúrgica:
su gran batalla está en la mano que baja, ese gesto mínimo que resta centímetros. “La fuerza de la mano me limita… pero ya sé que puedo mejorarla”. “Si la bajo, la pértiga se dobla menos. Y si se dobla menos… vuelo menos”.
Lo trabaja cada día.
Lo corrige.
Y sabe que, cuando esa mano encuentre su sitio definitivo, su marca también lo hará.
Hoy está en 3,20.
Para ser top‑5 nacional necesitaría rondar los 3,40.
Lo sabe.
Y, aunque no lo dice con euforia, sus ojos confirman que lo ve cerca.
La décima de España que todavía no sabe hasta dónde puede llegar
Entrar en un Campeonato de España y terminar décima tras solo un año es un mensaje claro:
hay talento, hay base, hay instinto.
Pero sobre todo hay una deportista que no se engaña:
“Yo solo me comparo conmigo misma. Quiero superarme, no mirar a las demás”.
Ese planteamiento describe a Julia mejor que cualquier dato: una atleta que crece desde dentro, desde el avance personal, desde el placer de aprender y la ambición de mejorar.
Familia, kilómetros y un entrenador que sostiene el aire
Benidorm – La Nucía – casa – pista – gimnasio – regreso.
La logística es un deporte aparte.
“Mis padres me llevan a todas partes”, dice casi con pudor.
Sabe que ese esfuerzo invisible es uno de los pilares de su salto.
Y luego está Grigoriy Yegorov.
El mismo que acompaña a algunas de las mejores pertiguistas jóvenes del país.
Un guía con el mérito de entender cuándo corregir y cuándo dejar respirar.
Uno de esos entrenadores que no solo enseñan técnica: enseñan calma.
En un deporte donde el miedo es un obstáculo más, eso vale oro.
El sueño que empieza a tomar forma
Julia no es de palabras rimbombantes. A veces parece que se protege de sí misma, como si no quisiera decir en voz alta lo que desea para no asustarlo. Pero cuando le preguntas por metas, la mirada se enciende:
“Ojalá unas olimpiadas. ¿Por qué no?”
No lo dice con soberbia.
Lo dice con la serenidad de quien no tiene prisa, pero sabe que va bien.
Globalon Insight
La historia de Julia Requena tiene ese magnetismo que acompaña a los talentos que aparecen sin manual ni hoja de ruta. Julia pertenece a esa rara estirpe de deportistas cuyo talento no nace de la búsqueda, sino del encuentro.
Descubrió la pértiga por azar con ese toque materno que siempre nos acompaña, pero la abrazó como si siempre la hubiera estado esperando. Llegó a la pértiga buscando un lugar, encontró un deporte que la entendía y en doce meses pasó de no conocer la técnica a situarse entre las mejores de España de su categoría. Su progreso vertiginoso —de principiante absoluta a top‑10 nacional en un año— no es fruto de una casualidad, sino de una combinación poderosa: ausencia de miedo, un cuerpo educado para el aire y una mentalidad que entiende que la técnica se construye detalle a detalle.
Su historia recuerda que la pértiga no es solo una disciplina: es una metáfora del crecimiento. Bajar la mano un centímetro puede quitarte altura, igual que una duda puede quitarte un sueño. Y aun así, Julia sigue subiendo. Sin alboroto, sin prisa, sin palabras grandes. Pero subiendo.
Cada salto suyo es un recordatorio de que el talento sin miedo se convierte en vuelo. Y Julia, que empezó sin saber si valdría para algo, hoy mira el listón como quien mira un horizonte propio. No hay estridencias, no hay promesas vacías: hay una niña que aprende a volar con una pértiga en las manos.
Y en Globalon —como ya ocurrió con el resto de pertiguistas de esta excepcional serie— sabemos reconocer esas historias que un día se convertirán en algo grande.
La suya apenas empieza. El resto del camino, lo escribirá ella.




