
El Hércules volvió a quedarse sin premio ante el Sevilla Atlético y, lo que empieza a ser más preocupante, sin argumentos. El empate sin goles en el Rico Pérez no fue un accidente ni una rareza: es la confirmación de una tendencia.
Los números ya no admiten demasiadas lecturas. Seis puntos de los últimos quince es un bagaje preocupante. Mantener ese ritmo no te alcanza ni para el play-off ni para sostener un discurso ambicioso. Es aspirar a una meta sin premio, a un destino que no promete emociones ni nada ilusionante.
El equipo de Beto Company a veces compite mejor, se ordena y por momentos transmite más intensidad que hace semanas. Pero el fútbol no va solo de actitud. Va de capacidad. Y ahí el Hércules sigue llegando justo. Falta desequilibrio, falta profundidad y, sobre todo, falta gol. Demasiado para un equipo que dice aspirar a estar arriba.
Este Hércules no pierde del todo, pero tampoco gana cuando toca. Y eso te instala en un lugar peligroso que va consumiendo el saldo poco a poco, que enfría la grada, anestesia la esperanza y convierte cada partido en una rutina cansada. No es la derrota, o el empate en este caso, lo que más duele, es la tibieza prolongada, esa sensación de estar siempre a medio camino que acaba desgastando incluso a los más fieles.
El diagnóstico, a estas altura, ya lo conoce la afición, el cuerpo técnico y quienes toman decisiones en los despachos. Falta desequilibrio en las bandas, falta gol, falta un centro del campo con jerarquía y probablemente un central que dé salida y orden. Las carencias están identificadas y los perfiles necesarios también.
Lo que no llega, de momento, es la solución.
Suenan nombres pero no se concretan. Se habla de Andy Escudero. que puede ayudar, sumar alternativas y aportar aire fresco. Pero no nos engañemos. No es suficiente cuando faltan más piezas clave en varias líneas y cuando, una jornada más, el mejor vuelve a ser el portero evitando un mal mayor.
Mientras el discurso institucional sigue a lo suyo con proyectos en el aire que suenan muy bien a futuro, la afición no pide nada raro, solo reclama lo que falta en el presente.
Y para rarezas, el horario del partido. Jugar a las dos de la tarde es tan extraño como pedirte unos churros a la hora de la cena. Es algo que no se entiende, pero retrata bien la apatía del momento inoportuno. Algo parecido le ocurre a este Hércules, que se vuelve tibio, plano y sin urgencias cuando más falta hacen los tres puntos. Y al final acabas pagando el precio de sustituir el aperitivo por el fútbol: te quedas sin tapas… y sin goles. La vida sigue igual.