
Cuatro mil personas no viajan por costumbre. Viajan porque creen. Porque sienten que su equipo les representa. Ocupan una grada ajena como si fuera propia, cantando, empujando y recordando a todos, rival incluido, que hay clubes que no caben en la categoría en la que juegan.
Cuando una afición responde así, el análisis ya no puede quedarse solo en el resultado. El ambiente obliga a mirar un poco más allá.
El Hércules empató
en la Nueva Condomina en un partido serio, trabajado, con momentos de dominio y otros deresistencia. Encajó tras un error puntual y no se descompuso. Eso, comparado con la fragilidad que mostraba el equipo no hace tanto, le da valor al empate. El equipo insistió, ajustó, creyó y acabó encontrando el premio en un final que confirmó algo importante: este Hércules ya no se cae fuera de casa.
Compite hasta el final. Y eso no es poca cosa. Pero también, el partido dejó otra sensación, más incómoda y más profunda: la de un equipo que llega hasta donde le alcanza. Que interpreta bien los partidos, que sabe sufrir, que tiene plan… pero al que le falta ese punto de desequilibrio que convierte los buenos propósitos en resultados y los empates en victorias.
Y ahí es donde el contexto aprieta. Ha pasado medio mes de enero y el mercado avanza con más ruido fuera que dentro. Es cierto que el equipo ha incorporado ya una pieza, Mehdi Puch, que llevaba algo más de un mes entrenando y debutó en Murcia dejando buenas sensaciones, pero también lo es que la mayoría de rivales directos ya están moviendo ficha con decisión. Cada jornada que pasa sin los refuerzos prometidos es un partido jugado con lo justo. Y esos puntos que no se suman ahora no se recuperan en abril.
La experiencia reciente lo dejó claro: el año pasado, con mejor posición que la actual, no se dio el paso a tiempo y el equipo acabó desfondado justo cuando más oxígeno necesitaba. No es alarmismo. Es memoria.
E
ste Hércules tiene piezas útiles, comprometidas y competitivas. Tiene futbolistas que suman, que trabajan, que sostienen. Pero también es evidente que necesita algo más si quiere tener posibilidades de ascenso. Falta gol. Falta esa amenaza constante. Falta un delantero que ataque el espacio, que convierta medias ocasiones en problemas serios para el rival. Falta, en definitiva, alguien con capacidad para cambiar partidos.
No es una cuestión de señalar nombres ni de restar méritos a quienes están pero, con lo que hay, la sensación es que, para ascender, no alcanza.
Dos retoques para completar plantilla te dejan en tierra de nadie. Si la ambición es real, hacen falta fichajes diferenciales. Un delantero, sí. Pero también ese perfil que eleve el centro del campo y ese extremo que marque diferencias cuando el partido se atasca.
Y todo esto cobra más sentido cuando se escucha al propio entrenador. El discurso es claro, ambicioso, sin conformismo. El empate en Murcia no le satisface. Quería ganar. Sabe lo que quiere su equipo y hasta dónde puede llegar. Ya ha puesto orden, criterio y personalidad. Ahora falta que le den las herramientas.
Porque cuando cuatro mil personas se desplazan así, cuando el equipo responde compitiendo y cuando el entrenador pide un paso más, no hacer nada empieza a parecer una renuncia.
La grada ya ha hablado. El banquillo también. Ahora solo queda saber si el club está dispuesto a ir al mismo ritmo.
Enero, como casi siempre, no espera a nadie.




